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Casa Arveleña, un poema que perece

Enriqueta Arvelo Larriva le dijo a su casa “quiero que te amen mis amigos”. Hoy el recinto agoniza ante quienes no parecen ser precisamente sus amigos, ni leer poesía.

Marinela Araque Rivero. 2/6/2017.

Algo debió de tener la Casa de los Arvelo cuando forjó la infancia de dos poetas de Barinas. ¿El sol filtrado por entre los vanos de sus puertas?, ¿sus muros de barro ancestral?, ¿las ventanas por donde se asomaba el cielo? ¿sus rincones habitados de secretos?, ¿aquellos corredores “derramados como ríos”?, ¿su olor, su aliento antiguo? Toda ella era una cosa viva que dialogaba con la escritora Enriqueta Arvelo Larriva (1886 – 1962), quien la trataba con la ternura que se dispensa a lo entrañable: “Casa ancha, alta, pura, antigua propiedad de vellones y piedra, quiero que te amen mis amigos”, le decía en los primeros versos del poema La casa de mi infancia.

Esa que la guiaba desde pequeña por el patio de “tonos malvarrosas” tras las huellas de su madre muerta, donde creció junto con sus hermanos, entre ellos el también poeta Alfredo Arvelo. Esa que hoy agoniza.

De modo que nos vemos en el penoso deber, por culpa de IAM Venezuela y su manía de andar curucuteando en las desgracias patrimoniales del país, de contarle a esa “amadora de viejas casas y honda saboreadora de ellas”, que aquel recinto que cobijara su vida y su poesía se está muriendo, que solo le queda parte de su fachada dolorida, como quien esconde en un postrero hálito de dignidad su interior destrozado.

Fachada de la Casa de los Arvelo, en pie a duras penas. Foto Marinela Araque, mayo 2017.

Ella aguanta, Enriqueta, pero se desmorona. Se le han escapado tus recuerdos. Y no se ven por la redonda ni amigos, ni dolientes institucionales que atiendan su agonía. Al contrario, algunos se ceban en su íngrimo abatimiento: “Norelys Ramírez Alcaldesa AD”, “Alcaldesa AD”, “Valida por AD el 25 y 26 de marzo”, pintas políticas en espray azul que ofenden sus paredes blancas, vencidas ya por el habitual desdén de las autoridades “bolivarianas” frente a la Ley de Protección y Defensa del Patrimonio Cultural, promulgada en 1993. Gentes que no leen poesía, que nunca se detuvieron en tus versos. Nadie ama, mujer, la casa de tu infancia. Y disculpa la franqueza.

Placa homenaje a los hermanos Arvelo. Foto Marinela Araque, 2017.

En la memoria colectiva se mantiene, sin embargo, el nombre que la conecta con tu familia; Casa Arveleña o Casa de los Arvelo la llaman, mientras que una placa de bronce recalca desde 1978 tu vivencia en ella, y la de tu hermano. En 2004, aún habitada, el Instituto del Patrimonio Cultural la registró como bien de interés cultural en el I Censo del Patrimonio Cultural Venezolano. Entonces no estaba tan mal, incluso en 2012 conservaba su techo y hasta exhibía la aún rescatable integridad de sus frisos, puertas y ventanas en el centro histórico de Barinitas, en la calle 5 con calle 7, diagonal a la plaza Bolívar. Pero no por mucho tiempo; acostumbrada a la calidez de tu palabra, sucumbió pronto a los golpes de la indiferencia y del silencio.

En 2012 la casa aún conservaba el techo. Foto Juan C. Becerra.

Vista al “monte y culebra” de la casa. Foto Marinela Araque, mayo 2017.

Sus aireados corredores dieron paso al “monte y culebra”, según me cuenta un exfuncionario municipal de cultura, afirmación que constaté cuando asistí a su interior devastado. Tampoco tiene la techumbre de tejas y madera con la que amparó tus años en Barinitas; sin techos, los muros que la soportaban fueron desnudados por la lluvia, que horada poco a poco su consistencia de barro y adobe para convertirlos en derrotas de arena. No están los rincones donde se arremolinaba el viento de la sabana para contarte sus secretos, ni los recintos en los que esperabas la “voz sin grietas” del Llano, ni el patio con sus malvarrosas, ni su luz, ni su aire, ni “todas sus penumbras”.

“Me asomaba a todas tus ventanas, un instante, / a ver nada”, escribió Enriqueta Arvelo. Foto M. Araque.

“… Conocía los detalles de tu cielo y tus muros. / Me asomaba a todas tus ventanas, un instante, / a ver nada, a gozar la existencia de ventanas / y a entreabrir los labios contra el viento…”. No, Enriqueta, la casa no puede escucharte. Ya no es el espacio vivo que habitó tu niñez sin madre. Esta ahí con su fachada hueca; arrasada su poesía por la indolencia y la ignorancia que campean en este tiempo abominable.

Te dejo con el consuelo de los tontos: la que fue tu hogar no es la única edificación en esas condiciones. Te lo digo yo, que suelo pasearme por los activos patrimoniales de Barinas y me topo a cada tanto con ruinas como la casa de tu infancia.

“¿Usted la vio? Tengo un buen recuerdo de ella”

Tras dejar a Enriqueta Arvelo Larriva más pensativa que consolada, como era de esperarse de mujer tan lúcida, visité a las actuales propietarias de la maltrecha casa, que heredó María Teresa Parra de su hermano, el presbítero Jesús Manuel Parra. Su hija, Georgina Martínez Parra, me explica de entrada el abandono del inmueble: “A partir del año 2005 la casa quedó sola cuando mi tío Evangelista murió, como él tenía otro hijo en Mérida, no se han podido legalizar los papeles por intrigas de familia”. En ese limbo judicial “la casa ha sido desvalijada poco a poco; se robaron el techo, las tejas, entre otras cosas. A pesar de que está cerca de la plaza y la sede de la policía, no ha habido vigilancia”, se lamenta al tiempo de invitarme a la vivienda de su madre María Teresa Parra, heredera directa de la edificación.

El padre Jesús Manuel con sus sobrinas. Dig. Marinela Araque, 2017.

En la carrera 7 tocamos a la puerta de doña María Teresa Parra, una anciana de 85 años de edad que intentó esquivarnos con un “Si es sobre la casa de los Arvelo, vaya al registro”. Cuando la convencimos de que IAM Venezuela no era un bufete de abogados, bajó la guardia, nos invitó a pasar y desplegó su talante amable y conversador: “Esa casa la compró mi hermano, el padre Jesús Manuel Parra, a don Pedro Parra que no es de nuestra familia, pues él era de Mérida. Mi hermano fue un gran hombre, fue sacerdote aquí por más de 26 años, todos lo querían. Él arregló esa casa, era muy bonita, sus corredores eran amplios y había muchas flores, lástima que se está cayendo; primero, porque la familia no se ha puesto de acuerdo; y segundo, porque los herederos ya estamos viejos. Mire, mija, vea usted: yo tengo 85 años, Ligia 84, Laura 97 y Merislaudy, quien vive en San Felipe, tiene 104 años. Cómo vamos nosotras a resolver este problema, ya no tenemos edad para eso”.

Sin perder el hilo, desenfunda la decepción: “Sabe usted que hace tiempo vino el alcalde Adolfo Superlano para mi casa; nos ofreció con mucha algarabía que la iba a comprar y no pasó nada. Años después le escribimos una carta al gobernador de Barinas, Adán Chávez, explicándole que la casa se estaba deteriorando y que nosotras no teníamos ni los recursos, ni las fuerzas para restaurarla. Nunca nos contestó. A lo mejor como Adán es ahora Ministro de la Cultura… ojalá y se anime a comprarla, porque las lluvias no esperan y la casa se va a caer”.

Tras el lapsus de ingenuidad, la doña sigue con el rosario de desengaños: “Hace unos años vino a esta casa una diputada de apellido Ángulo, se sentó ahí mismito donde está usted. Muy alegre y con mucha seguridad me dijo ‘sí, la gobernación de Barinas va a comprar la casa para una escuela de música’”. Y una mueca de escepticismo rescata su sensatez: “la ayuda nunca llegó, puro aspaviento. Yo tengo tiempo que no veo la casa, me da mucha tristeza verla así. Hasta abogados hemos buscado y nada. ¿Usted ya la vio? Yo tengo un buen recuerdo de ella, qué más puedo pedir”.

Sin saberlo, María Teresa definía con su última frase el significado básico de patrimonio cultural, ser “un buen recuerdo” en la memoria colectiva. En el caso de la Arveleña, a punto de desvanecerse: “Esta casa se ha deteriorado de tal manera que creo difícil su restauración; solo queda la fachada, adentro no hay nada… puro monte y culebra”, admite Douglas Soto desde la recién quemada alcaldía de Barinitas (ninguna autoridad actual estuvo disponible para la entrevista). Trabajador municipal y excoordinador de la oficina de cultura del municipio, añade: “es lamentable la situación de este inmueble. Hace años le planteamos al alcalde que comprara la casa o ayudara a la familia con la restauración y solo se logró que una comisión del Ministerio de Cultura viniera a inspeccionar y más nada, no pasó de ahí”.

Sus moradores

Esta casa había sido propiedad del matrimonio conformado por don Alfredo Arvelo y doña Mercedes Larriva, quienes procrearon cinco hijos: Alfredo, Mercedes, Enriqueta, Lourdes y Aura. Doña Mercedes muere en 1893 en el parto de su última hija, Ana, cuando Enriqueta tenía 7 años de edad.

En la esquina se puede observar la Arveleña, cuando aún Enriqueta vivía en ella. Foto archivo Cronista Barinas, 1930.

Seis años después su hermano, el bardo Alfredo Arvelo, sale del pueblo para Amazonas por razones de trabajo. Su estancia se prolonga debido a situaciones que desembocan en cárcel y destierro, lo que supone una gran preocupación para el padre y las hermanas.

La familia vuelve a ver a Alfredo por periodos cortos, mientras que Enriqueta se dedica a escribir. En 1921 muere su hermana Aura y la casa se llena de tristeza. Corría 1930 cuando Enriqueta viaja por primera vez a Caracas, donde es alentada con homenajes y demostraciones de afecto. Regresa a su residencia de Barinitas donde trabaja con entusiasmo, tras haber mantenido correspondencia con escritoras de la talla de Gabriela Mistral y Juana de Ibarbouroú. La alegría es truncada de nuevo en 1934, cuando muere su hermano Alfredo en su exilio de Madrid. Un duro golpe al que se sobrepuso escribiendo febrilmente, mientras se ganaba la vida como podía en el pueblo: fue enfermera, consejera, secretaria y hasta consultora  jurídica.

1941 es un año agridulce para la escritora: gana un premio literario, pero muere su padre; desde entonces viaja con más frecuencia a Caracas a pasar temporadas con su hermana Lourdes. Cinco años luego, el 19 de abril de 1946, su casa natal fue incendiada por aparentes motivos políticos. Ese año se traslada definitivamente a Caracas y la casa es vendida a don Pedro Parra y su esposa Carlina de Parra.

Este la vende años después al sacerdote Jesús Manuel Parra, cofundador del Colegio Provincial de Barinitas; cuando este fallece la hereda su padre Teodoro Parra Rangel, casado con Georgina Rangel. De la unión de este matrimonio nacieron José Evangelista, Víctor Alberto, Teodoro Segundo, Ligia, Merislaudy y la María Teresa Parra Rangel que nos atendió en su casa.

José Evangelista Parra, el último morador de la casa de los Arvelo. Dig. Marinela Araque, 2017.

Al morir los esposos Parra Rangel la heredan sus hijos, y José Evangelista se queda viviendo en el inmueble por muchos años hasta que fallece el 28 de diciembre del 2004. La viuda de Evangelista y sus hijos se mudan en el año 2005 a una nueva residencia, quedando la casa sola. Tiempos después la alquilan al Registro Municipal; cuando este obtiene su propia sede, la Arveleña queda nuevamente deshabitada, hasta ahora.

A pesar de ser reconocida por el Instituto de Patrimonio Cultural (IPC) que la declaró Bien de Interés Cultural del municipio Bolívar, las autoridades no terminan de convencerse de su valor histórico, y rescatarla en consecuencia.

El tic tac corre, mientras perece la casa que Enriqueta Arvelo Larriva convirtió para siempre en un poema.

Vista de la Casa de los Arvelo desde la plaza Bolívar. Foto Marinela Araque, 29 de mayo de 2017.

Fuentes

Arvelo Larriva, Enriqueta. Casa de mi infancia. Prosa. Tomo II. Fundación Cultural Barinas. Año 1987. p.260.

Arvelo Larriva, Enriqueta. Fotogalería. En Enriquetaarvelolarriva.com, https://goo.gl/SDB7CV. Consultado el 30 de mayo de 2017.

Martínez Parra, Georgina. Entrevista realizada en Barinitas, 30 de mayo 2017.

Parra, María Teresa. Entrevista realizada en Barinitas, 30 de mayo 2017.

Soto, Douglas. Entrevista realizada a en Barinitas, 30 de mayo 2017.

Tamayo, Francisco. Enriqueta Arvelo Larriva y Santa Teresa en Arvelo Larriva, Enriqueta. Prosa. Tomo I. Fundación Cultural Barinas. Año 1987. p. 224.

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9 Comentarios en Casa Arveleña, un poema que perece

  1. María Soledad Tapia // junio 2, 2017 en 3:31 pm //

    Sí, algo debió tener esa maravillosa casa para alojar e incubar tanta poesía, cultura y educación. Muy triste el deterioro producto de desidia, olvido, desconocimiento y falta de educación en el valor de la identidad y del patrimonio. Esta innoble carga la comparten no solo iletrados gobernantes, primarios, básicos, sino también pobladores indiferentes e incultos. Gracias Marinela por recordarnos que esto está ocurriendo. ¿Se podrá hacer algo?

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    • Hola María Soledad. Es indignante la ruina de esta casa, una triste metáfora de este tiempo menguado que vivimos. Creo que la población puede hacer algo con su presión; el problema es que cuando el país se viene abajo, y de manera tan trágica, los bienes patrimoniales caen a un segundo o tercer plano. Soy Nilda Silva, la editora de IAM Venezuela. Gracias por escribirnos.

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  2. Lamentable noticia. Sin embargo, con diligencia y convocatoria se pueden lograr muchas cosas

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    • En eso estamos, Yazael. Es crucial, como primer paso, dar a conocer la situación de esos “buenos recuerdos”, como le dijo la grata viejita dueña de esa pobre casa a Marinela, que tan extraordinario trabajo está haciendo como insomne centinela del patrimonio cultural. Esos recuerdos, esos patrimonios culturales, son nuestro capital para reconstruir algún día la ciudadanía. Mil gracias por escribirnos 🙂 Soy Nilda Silva, la editora de IAM Venezuela.

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  3. María Soledad Tapia // junio 3, 2017 en 4:39 pm //

    Gracias a ti Nilda por este maravilloso blog. Totalmente de acuerdo contigo, sin embargo, tengo esperanzas. Ya formaremos nuestros propios “Escudos Azules”. Creo que ya ustedes son parte de ellos. Mil gracias.

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    • Gracias, María Soledad, por esa caricia que tanta falta hace para mantener aceitadita la esperanza. Sí, debemos luchar desde todas las trincheras por una Venezuela extraviada. La idea es trabajar con un esmerado respeto al otro; en nuestro caso, a quien nos lee. Algún día tendremos al país de vuelta.

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  4. rumi jimenez // junio 3, 2017 en 11:10 pm //

    Cuanto abandono que tristeza… Rememoro
    su poema: Casa de la Infancia.”Casa ancha, pura,antigua propiedad de vellones y piedra, quiero que te amen mis amigos….”

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  5. Manuel Darìo Gruber Contreras. // junio 4, 2017 en 10:53 am //

    Si bien a toda la población le toca velar por la conservación del patrimonio cultural de la región, los organismos públicos están en el deber ineludible de mantener las obras y demás bienes artísticos o cívicos en buen estado.
    Eso no ha ocurrido en Barinitas con el caso de la antigua residencia de los Arvelo Larriva, como bien lo demuestras, en forma fehaciente, en este reportaje. El valor cultural y sentimental de esta casa, que ahora son vergonzantes ruinas, debe ser algo de gran valor espiritual de la comunidad. Y màs allá, de la apreciación cultural nacional. por tratarse del legado de los insignes poetas Enriqueta y Alfredo Arvelo Larriva. Una vez, hace unos diez años, tuve la feliz ocasión de participar en un recital poético realizado en esa memorable casa. Para entonces estaba bien conservada.
    Marinela, urge revisar y estimular la conciencia colectiva sobre las obras de nuestro patrimonio. Parece que giramos al revés, contra la historia.

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    • Hola, Manuel. Gracias por escribirnos. Es importante, por ello, difundir, machacar, mostrarles la situación de estos bienes a las autoridades que deben, por ley, resguardar estos activos culturales de “gran valor espiritual de la comunidad”, como bien dices. Y a otros que también se unen al coro del desprecio o de la indiferencia (recuerdo esas pintas infamantes sobre la quebrada integridad de la Arveleña). Aunque sea para que pasen pena…

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